Goran Drulic y el avión que sobrevolaba el área

Normalmente, los futbolistas viven en su propia burbuja, ajenos a lo que ocurre en el lugar donde juegan. No fue el caso de jugadores como Goran Drulic, quienes fueron capaces de mantener el ánimo y su pasión mientras su país atravesaba uno de los momentos más duros de su historia: la Guerra de los Balcanes.

Es viernes por la mañana en un centro comercial al sur de Zaragoza. Las dependientas de una tienda cuelgan guirnaldas y espumillones con ajena ilusión navideña, los repartidores y sus furgonetas terminan su jornada laboral y nosotros buscamos entre todos ellos uno de esos rostros fríos, secos e inhóspitos que diferenciaban a los balcánicos en los cromos de Panini. Goran Drulic (Negotin, Serbia, 1977) llega para ocupar el primer asiento de nuestra grada.

 

Aunque dejó el club hace ya 15 años, su implicación con la entidad se mantiene vigente. “Si vamos a hablar del Zaragoza estaremos horas y horas. Lo estamos pasando todos mal, desde la gente que nace con el escudo en el pecho hasta nosotros, que hemos venido y lo hemos adoptado”. Habla sobre la dramática situación que vive ahora el que fuera su equipo entre 2001 y 2005, aunque su estancia en el club zaragozano en los albores del siglo XX no fuera un camino de rosas.    

Goran Drulic llegó al valle del Ebro como el fichaje más caro de la historia del club (13 millones de euros), tan solo superado seis años después por el italobrasileño Matuzalém. Altas expectativas, pero mala fortuna: una rodilla de cristal y un descenso en la primera temporada empañaron su primer año en el club. “No metíamos ninguna y nos metían muy fácil, fuimos media banda aquella temporada. Pero en cuanto a luchar, el salir a morder al campo los 90 minutos, eso no nos lo podían quitar”. 

No obstante, la plantilla renació y mostró un renovado carácter en la temporada consecutiva. Consiguieron el ascenso y, poco más tarde, en 2004, la sexta Copa del Rey marchó para Zaragoza.

Ser el fichaje más caro del Real Zaragoza suponía ser también de los más cotizados en el patio del colegio. Colección Propia

¿Cómo recuerda su infancia?

Con la guerra se sufrió mucho. No era fácil salir del país. Hay cosas que ojalá no les pasen a mis hijos. Había muchas restricciones para jugar al fútbol: si jugabas en una selección no podías salir fuera. Pero sobrevives; te haces más duro.

¿Cómo de duro?

Del 92 al 95, en la guerra de Bosnia, yo tenía 15, 16, 17, 18 años. Parece que la guerra ocurrió solo en Croacia o en Bosnia, pero nosotros vivíamos a poco más de cien kilómetros de Belgrado y cualquier cosa podía pasar. Lo más duro fue en 1999, cuando nos bombardeaba hasta España y la OTAN fue muy dura. Por las mañanas, yo entrenaba mientras los aviones sobrevolaban el campo. Las sirenas puestas, nosotros entrenando. Pasaban los aviones, nosotros entrenando. Decían que en los campos de fútbol las bombas no iban a caer…

(…)

Entrenaba dos veces al día en el campo del Estrella Roja y por la noche iba a casa de un amigo a cuidar de su madre. No dormías en toda la noche porque mirabas los bombardeos, escuchabas las sirenas… Y por la mañana, vuelta a entrenar. Conducías por la ciudad, saltaban las alertas y, de repente, se paraban todos los vehículos. La gente salía corriendo y se escondía. 

Era habitual que las familias encontraran en el deporte una vía de escape a la guerra. ¿Fue su caso?

No. Yo salí de Serbia en 2001. Pero había mucha gente con amigos o familiares fuera del país y no sabíamos cuánto iba a durar la guerra. Un amigo, portero en un club de Italia, lo hizo. El que tenía posibilidad de mandar a su familia fuera del país, la mandaba.

¿Tuvo algún compañero que fue a la guerra?

Yo conozco solo a uno, Vladan Luckic. Fue mi ídolo de pequeño, cuando jugaba en el Estrella Roja. También jugó en el Metz de Francia con un contrato fuerte, y cuando empezó la guerra le dijo al presidente del equipo: “Señor, con todo respeto, pero no puedo quedarme aquí mientras bombardean mi país”. Cogió el coche y se fue con la metralleta. Ha sobrevivido y siguió en el fútbol: fue presidente del Estrella Roja. Yo solo conozco a esta persona que dejó su contrato para ser patriota.

Además de con otro serbio, Kemeljenovic, coincidió con dos croatas en Zaragoza: Bilic y Peternac. ¿Hubo roces por la situación entre ambos países?

Nunca. Después de España me fui a Bélgica. Tras unos meses vino un chico de Croacia, Djuka. A su padre lo habían matado en la guerra. Después de unos meses, los serbios entraron en su ciudad y la tuvieron que limpiar, matar a la gente. Él me dijo: “Goran, mi familia estuvo en un búnker y unos militares serbios abrieron la puerta. Al verlos, les dijeron que se callaran. Avisaron a sus compañeros de que estaba vacío, pusieron el candado y nadie entró. Podrían haber tirado dos granadas y se acabó. Mi padre murió porque tenía que hacerlo por el país, pero la culpa no la teníamos ni tú ni yo”. Yo ayudé a ese chico cuando llegó a Bélgica como a mí me había ayudado Peternac aquí. Con él todavía hablo, nos vemos cuando se puede. Cuando jugaba en el Barça B, había otro croata que se llamaba Goran Vucevic. Le llamé para preguntarle qué tal, pero él no quería tener contacto por miedo a lo que le podía pasar por hablar con un serbio.

La caldera del Estrella Roja

Cuando Goran Drulic fue canterano del Crvena Zvezda (Estrella Roja), antes de subir al primer equipo, la guerra estaba en su apogeo. Durante la década en la que Yugoslavia se sumía en la más cruda desintegración, el joven de Grahovo comenzaba a despuntar en las categorías inferiores del equipo de Belgrado. El Estrella Roja se había alzado en 1991 con la Liga de Campeones, por lo que la presión de una hinchada más huracanada que anticiclónica siempre fue un martillo para los jóvenes. “Teníamos un peso muy grande sobre los hombros ­-asegura Goran-, pero es que el Estrella Roja no es un equipo pequeño”.

Un escenario humeante alentado por las bengalas que incendiaban los campos balcánicos. Un escenario que siempre fue tan atractivo como simbólico. El propio nombre del club, en referencia a la estrella roja de cinco puntas, tradicionalmente prendida en banderas, emblemas y ornamentos comunistas, representaba mucho más que a un equipo de fútbol en sus viajes por Europa.

Goran Drulic vistió la elástica del Estrella Roja entre 1995 y el 2001, con un año de por medio en el que estuvo en el filial del Barça. Imagen: @MozzartSport

"En Estrella Roja siempre ha habido una persona 'poderosa' en el tema político"

Goran Drulic rememora aquellos tiempos con cierto asombro. Cuenta, por ejemplo, cómo en un viaje a Inglaterra en el 2000 para enfrentarse al Leicester en la Copa de Europa los aficionados quisieron provocarles simulando que eran aviones y bombardeaban el campo. “Éramos un equipo muy joven y era muy raro oír en el calentamiento los ruidos de los hinchas. Nosotros no somos políticos… Pero bien, somos serbios. Te dicen de todo, pero tú no eres culpable”. Como si de efectos especiales se tratara, la grabadora recoge en el momento de la entrevista una serie de aviones comerciales que vuelan sobre el centro comercial. Casualidades.

La vuelta del partido en Leicester, que debía haberse disputado en Belgrado, no viajó a Serbia por las cuestiones de la guerra. El encuentro se jugó en un campo neutral, en Viena, y, según cuenta Goran Drulic, parecía que jugaran en casa: un gran número de serbios trabajaban en Austria por aquel entonces. Con dos goles de Goran, el Estrella Roja se impuso por 3 a 1 al Leicester en aquel partido.

El doblete de Goran sirvió para pasar de ronda, pero les esperaba un Celta dispuesto a aguarles la fiesta. Fuente: Getty

El Estrella Roja hoy en día sigue siendo un equipo muy carismático, en parte gracias a los símbolos del equipo con cierto tono político. ¿Este equipo jugó algún papel a lo largo del conflicto?

¿Sabes qué pasa? En Serbia en casi todos los equipos siempre hay algún político. Puede ser que estas personas están en el deporte y luego tienen su trabajo. En Estrella Roja siempre ha habido una persona “poderosa” en el tema político, pero no se mezclan. Ahora no hay ningún político metido en el equipo.

¿Tuvo el Estrella Roja algún problema durante la guerra? ¿Participó de alguna forma?

No. El club, el deporte, participábamos en esto de ir a manifestaciones, pero por temas del país. Ahí no se mezcla el político y el club. Por encima de todo está el país. Mira, cuando yo estoy en el campo, soy jugador de fútbol, pero cuando salgo soy una persona como vosotros.

¿Y en cuanto a este tipo de rivalidades protagonizadas por las aficiones?

Esto es como si ahora juega Serbia contra Croacia, podemos ver patriotismo, pero en el campo. Luego fuera eso se apaga.

¿También entonces, en los 90?

Sí. Fuera del campo en estos años muchos de ellos jugaban juntos. Si ahora yo juego para Serbia y Peternac para Croacia, nosotros no nos conocemos. Vamos, yo le meto el dedo en los ojos. Pero fuera del campo ya somos lo que somos. Aquí, en Zaragoza, él estaba más en mi casa que en la suya.

Los futbolistas no hacen la guerra, ¿no?

Claro, nosotros tenemos nuestra vida. Tenemos nuestra guerra, pero en el campo.

Jugar para un país en guerra

Ser internacional con Yugoslavia no está al alcance de todos. Una de las potencias deportivas más dominantes de la historia exige talento y trabajo a niveles exponenciales. 28 oros, 34 platas y 32 bronces en el medallero histórico de los Juegos Olímpicos avalan un sistema educativo donde primaba el deporte.

Dice Goran Drulic que, en el tema deportivo, “en España aún falta mucho por hacer”. “Ahora, en el fútbol base, los entrenadores damos unas indicaciones que requieren de habilidad y, está feo decirlo, los niños son torpes, no se trabaja con ellos. En Serbia, yo tenía gente con sobrepeso, pero hacíamos saltos y todo lo que es gimnasio. Ahora, en educación física, me dice mi hijo que el examen es dar la vuelta al balón con el dedo. Y eso, ¿de qué te sirve luego? ¿El mundo gira alrededor de mi dedo?”.

Con 23 años, el 15 de noviembre del año 2000, Goran Drulic debutaba con la selección yugoslava.

En 1992 la selección yugoslava se empezó a disolver. En el año 2006 se oficializó la selección serbia. Fuente: Actualidad Permanente

¿Cómo era el vestuario de aquella selección?

Había mucho carácter. Era importante el tema del trabajo desde niños en el comunismo, una educación muy estricta. En el comunismo tienes a uno por encima y a ese no le puedes alcanzar. Solo con la mirada te lo dice todo. Yo no tuve ningún entrenador que no supiera explicarme las cosas, tuve esa suerte. En el comunismo te educan de esta forma, si suspendías no podías llegar a casa como si nada.

¿Con qué palabra lo definiría?

Respeto, mucho respeto. Yo no podía ir al entrenador y decirle que no iba a correr. En casa, si no, me caía el doble.

¿Y cuándo coincidía en el vestuario con alguien que había sido su rival? Por ejemplo, en Zaragoza, con Savo Milosevic.

Eso es lo que pasa. Nosotros jugamos para nuestros equipos. Yo cuando entré [en el Real Zaragoza] era joven, Savo ya había jugado mucho en Yugoslavia. Cuando llegué a la selección, ellos fueron muy agradables. Lo mismo hago yo cuando soy veterano. Es verdad que esto de los clubes añade mucha tensión, pero luego en la selección jugamos por un mismo escudo. Tienes que morder por tus compañeros.

Cuando nos hemos dado cuenta, el tiempo acordado para el encuentro se ha terminado. Ningún camarero vino a servir el café, pero Goran Drulic tampoco se percató. Su historia, una de guerra como tantas otras, debía ser contada. Al igual que los goles no caen en el olvido, las realidades de quienes los meten no pueden ser apartadas. Cada uno de esos goles llevan el sello de su historia; cada una de esas historias, el sello de una guerra.

Me pidieron que me presentara, pero soy incapaz de abreviar. Dentro no hay mucho que contar; fuera, todo el mundo busca hablar.

Hubiera estado bien tener la elegancia de Federer, la plasticidad de Derrick Rose o la pluma de Jabois. Puestos a buscar las excelencias, la plata tampoco debe estar mal. 

No estoy hecho para ser un aficionado de salón, mi ecosistema es la grada.

Me invitaron a dejar el tenis, la natación, el judo, el baloncesto y el fútbol, por lo que deduje que mi sitio en un estadio era en la cabina de prensa, de ahí no conseguirán sacarme tan fácilmente…