José Antonio López Bueno: caer o no caer

El boxeo le dio todo. Una aparición espectacular le aupó hasta el título mundial en 1999. Una lesión se lo quitó y su carrera no volvió a ser la misma. Ahora, con la esperanza recuperada, López Bueno mira al futuro en una sociedad que todavía no le ha acogido.

Sudadera amarilla y pantalón de chándal negro. ‘El Bronx’ es la marca de ambas prendas. Del hombro derecho le cuelga una pequeña mochila, la más utilizada por los excursionistas. Baja estatura pero movimientos ágiles, acorde con los ojos, que suelen mirar muy directos cuando habla. En su mano izquierda, un cigarro que ya roza el filtro espera su última calada. “De liar, que es más barato”. Último beso a la boquilla y pisotón contra el suelo.

José Antonio López Bueno entra en el gimnasio KyoBox del zaragozano barrio de Santa Isabel. Saluda al dueño del local y atraviesa con decisión la sala de máquinas. Al final del laberinto, una amplia sala recibe al excampeón mundial con bocinazos y una cuenta atrás de tres minutos. En el suelo, un joven realiza series de abdominales mientras otro lanza crochés a la vez que esquiva una goma. Un par de ojos les observan desde la altura; Alfredo Evangelista, la leyenda del boxeo que aguantó doce asaltos al mismísimo Muhammad Ali, corrige y anima a sus pupilos. Decoran el santuario una decena de sacos colgados, fotografías de los más grandes y carteles inolvidables: los propios Evangelista y Ali, Larry Holmes, Urtain

Al fondo, un diminuto ring atrae todas las miradas. López Bueno se cuela entra las cuerdas y abre su inseparable mochila. Unos guantes pequeños, para un peso mosca como él, caen a la lona. Después, con mimo, saca el objeto que constata que una vez fue el rey de los hombres que pesan cincuenta kilos. “Venís a conocerle a él, no a hablar conmigo”, nos lanza mientras acaricia el águila que encabeza el cinturón de la WBO (Organización Mundial de Boxeo).

 

 

El camino del hombre recto

Mucho antes de ser campeón, José Antonio López Bueno ya peleaba. No era un chaval conflictivo -eso asegura, al menos- pero en las leyes del patio un desafío no se puede soslayar. Educado en el Internado de San Viator, al que también asistieron sus hermanos –“nos llamaban los Dalton, siempre íbamos en fila”–, la lucha lo marcó desde el principio. “Mi primera pelea fue el primer día en el internado. Valía todo y a mí se me dio muy bien”, confiesa con la sonrisa de aquel que mantiene su orgullo intacto.

La difícil situación familiar -padres separados, él camionero, ella ama de casa- llevó a López Bueno a ser criado por los religiosos del San Viator. “Creo en Dios pero no en los curas”, afirma el boxeador tras relatar sus duras experiencias y los castigos sufridos durante su estancia en el internado. El fin de semana era el momento de ver a su madre y de conseguir algo de libertad: “Nos llevaba siempre al parque e intentaba que esos días fueran felices”. 

José Antonio aprendió pronto a defenderse solo. | Imagen: Andrés García

De vuelta a casa con doce años y tras seis interno, José Antonio desterró los libros y puso gasolina para entrar con fuerza en la adolescencia. “Dejé de ir a clase y me quedaba viendo telenovelas”, reconoce, y añade que ni las matemáticas ni la literatura fueron nunca de su agrado. ¿Se arrepiente ahora? “Me he dado cuenta y me habría gustado tener más constancia o que me hubieran echado alguna bronca más”. Sus padres, centrados en sacar adelante a la familia, dejaron al joven José Antonio alejado de la rectitud. Muchas horas en la calle y dudosas compañías marcaron los primeros años de su adolescencia.

Los bajos fondos vinieron junto con los primeros golpes. La Zaragoza de los 90 fue una marea que arrastraba a todo y a todos. Al mismo tiempo que la pandilla caminaba por las calles entre botellas y jeringuillas y se daban los primeros sustos, los amigos comenzaron a acudir a un gimnasio del barrio a boxear. López Bueno, más interesado en aquel momento por las artes marciales dado el influjo de Bruce Lee, acompañaba al grupo para no quedarse solo. No se lo tomaba muy en serio, pero al poco tiempo de entrar se vio metido en una medio pelea -que acabó en pelea entera- con un chaval de la Quinta Julieta y sus acólitos. Pasó tiempo sin acercarse por el barrio, por si las moscas, y, cuando volvió, sus amigos lo llevaron al local donde solucionaban el mundo. “Me encontré algo como en las películas: al correr las cortinas descubría a un amigo pinchándose, otro fumándose un porro, otro con pegamento…”

Sin demasiada intención de seguir aquella senda y por la conjunción de todo lo vivido, López Bueno se sumergió en el ring. Ahora, con la perspectiva que solo da el tiempo, el exboxeador ve en aquella decisión una de esas que, de manera inconsciente, marcan el camino del hombre recto. Agradece, sin duda, el conflicto con la banda de la Quinta Julieta que lo alejó de las calles. Dice López Bueno que si se encontrara a aquel chaval ahora se lo llevaría de fiesta, o que lo invitaría a cenar. Debe de ser esta una de las casualidades que hacen a un hombre campeón del mundo.

Subir a la cima sin arnés

En aquellos días de los años 90, decíamos, el boxeo comenzaba a cobrar importancia en su vida. Las primeras exhibiciones, los entrenamientos extenuantes hasta las agujetas y la disciplina convencieron a un todavía adolescente López Bueno. Quizás encontró en el boxeo parte de la rectitud que nunca le inculcaron. “Que el boxeo es de macarras es mentira: al macarra no le gusta la disciplina ni que le manden, ni tampoco pelear con gente con sus cualidades”, apunta el excampeón sobre la importancia de centrarse en el deporte para cosechar éxitos.

Participó en su primer campeonato de España cuando tenía quince años y por una razón casi cómica: no había otro joven de su edad y categoría en todo Aragón. “Vi a mi rival haciendo manoplas y le dije a mi entrenador que saliese él. Pensaba que me metían con una máquina de matar”, comenta entre risas López Bueno, que entonces descubrió la necesidad de competir para mejorar como boxeador.

López Bueno fue un coleccionista de victorias y títulos. | Imagen: José Antonio López Bueno

La ausencia de púgiles en Aragón le impidió coger experiencia en el boxeo amateur. Los combates no llegaban y el campeonato de España de cada año era la oportunidad de darse a conocer para el resto del país: “Para un competidor, hacerle pasar ese hambre era muy duro”. Con dos medallas de oro, una de plata y una de bronce, López Bueno domina el torneo nacional, aunque admite “haber llegado a llorar por no poder pelear”. “Casi me deshago de todos mis recuerdos de la etapa amateur”, lamenta.

Recién cumplida la veintena, el zaragozano da el salto al profesionalismo. “He sido un boxeador muy móvil, de estilo sudamericano, con una forma de trabajar limpia. He hecho muchos estragos, iba por delante de mis rivales”, se autoanaliza José Antonio que defiende su legado y las innovaciones que aportó al boxeo patrio. El campo profesional le abrió la puerta y López Bueno la cruzó sin miramientos: con tan solo once peleas oficiales a sus espaldas llegó la oportunidad de ganar el cinturón de la WBO.

23 de abril de 1999. En el día de Aragón, el Pabellón Príncipe Felipe cuelga el cartel de aforo completo: diez mil personas llenan el pabellón deseosas de disfrutar una gran velada del noble arte. El plato fuerte: el campeonato mundial del peso mosca, disputado entre el mexicano Rubén Sánchez León y el local José Antonio López Bueno.

El primer asalto tiene el ritmo alto propio de los boxeadores pequeños. Un breve intercambio de golpes es lo más destacable de un período de tanteo. En el segundo, el español toma la iniciativa. Aumento de ritmo, más golpes, control con el jab y daño con el directo consiguen que una derecha tumbe, a poco más de 40 segundos, a Sánchez León. El mexicano resiste y se abraza en busca de apoyo y aire: la campana le salva. No habrá más de tres episodios.

López Bueno engancha otra croché de derecha y vuelve a mandar a la lona al todavía -por muy poco tiempo- campeón. Una nueva serie de abrazos, tímidos puñetazos y la paciencia de José Antonio marcan la reanudación. Por última vez, su puño derecho impacta en el mentón de Sánchez León. Nocaut. José Antonio López Bueno es campeón del mundo.

El cinturón WBO mantiene el orgullo del campeón. | Imagen: Andrés García

“No hay nada más. Es lo máximo”. Casi 22 años después, el campeón se sigue sintiendo como tal. La noche fue larga: “entre los nervios de antes y el combate dormí cuatro horas en dos días, pero después de ganar sentí como si hubiesen sido quince seguidas”. Una celebración humilde, en el local de su mánager, que la recién adquirida fama obligó a López Bueno a entrar por la barra. “En el pesaje recorrí esa calle en veinte segundos. 

Después del campeonato, tardé más de media hora en andar esos veinte metros. Todo el mundo me conocía, todos querían tener mi firma. Fue como en las películas”.

Al más puro estilo de Hollywood, el fin de semana le reservó otro momento especial. El día siguiente, 24 de abril, uno de sus hermanos se casaba. Pocas horas después de proclamarse campeón mundial, José Antonio acudía a una boda. “Todos me saludaban y felicitaban”, comenta recordando los dos días en que tocó el cielo. “Llegó un momento en el que le decía a la gente: ¡El que se casa es mi hermano! ¡Felicitadle a él!”. Se entiende a los asistentes a aquel enlace: pocas veces come uno junto a un campeón del mundo.

Los golpes bajos

La defensa del título mundial frente al ruso Igor Gerassimov aupó a López Bueno a lo más alto entre los peso mosca. Y fue así hasta que un accidente con su motocicleta le quitó la gloria. Un grave esguince de tobillo alejó al púgil del cuadrilátero, y la Organización Mundial de Boxeo le obligó a defender de nuevo la corona mundial cuando todavía estaba lesionado. La encrucijada, entre el futuro y el título, se resolvió con José Antonio perdiendo el cinturón de la WBO en los despachos y con una escayola en su pierna. “Sentí rabia e impotencia. Perdí aquel campeonato deshonrosamente. Fue un juicio en el que no tenía abogado, no sabía de leyes y no me dejaron entrar”, opina López Bueno, que mantiene la espina clavada de no haber podido defender su cinturón mundial dentro de las dieciséis cuerdas.

Hubo un punto de inflexión en aquella derrota en los despachos. Ya no competía por la ilusión de la juventud, sino por necesidad. Al perder la corona perdió también la casa, y aquel momento fue el primer viso de una trayectoria que se desmoronaba.

López Bueno ha estado, durante mucho tiempo, contra las cuerdas. | Imagen: Andrés García

Fueron días de alta tensión. En una velada a la que asistió como público, todavía escayolado, un promotor de Canal + le ofreció 5 millones de pesetas por quitarse la venda y dejarse caer a la lona. Aunque es difícilmente contrastable, López Bueno explica que se contuvo para “no saltarle los dientes”. Tenía 24 años, pero el joven boxeador intuía que su carrera se perfilaba hacia el abismo.

Descoronado a golpe de despacho, intentó resurgir alzándose con los títulos europeos. Hasta en cuatro ocasiones probó suerte, pero ya no era aquel púgil impetuoso que se abalanzaba con la ilusión de los descreídos. En el primer combate por el cinturón europeo se enfrentó a Damaen Kelly en Belfast. En el cuarto asalto, López Bueno tiró a su rival al suelo, pero en vez de rematar la faena retrocedió pensando que no podría noquearle. “Fue como dejarlo vivir. Ahí perdí totalmente mi trayectoria”. La corona europea siempre se le resistió. Y los oscuros trapicheos que le habían quitado el mayor de sus logros también le arrebataron la inocencia. Había perdido la confianza.

López Bueno confiesa que hubo una vez en la que llegó a entrar en el sistema. La necesidad apremiaba, y el orgullo estaba herido. En el sexto o séptimo asalto de un combate cualquiera preguntó a su entrenador cómo iba la pugna. “Vamos ganando”, contestó el entrenador”. “Pero ¡cómo vamos a ganar si tenemos que perder!”. Se metió entre las cuerdas y recibió los golpes del rival hasta que su entrenador le tiró la toalla. Perdió a propósito, pero no cayó al suelo. “Ni por veinte millones lo hubiera hecho”. Son extraños los códigos del boxeo, pero cuando López Bueno lo cuenta, los actos adquieren todo el sentido del que carecen las palabras.

Sentir la lona

Desde que arrancase 2021, López Bueno ha ocupado páginas de periódicos y ha aparecido en varias cadenas de televisión. Es uno de tantos ciudadanos que han necesitado de ayudas sociales y vecinales para llenar su nevera o para llegar a fin de mes. Su fama le ha permitido hacerse eco de un problema social que ha aumentado considerablemente con la pandemia del coronavirus, pero la imagen del campeón en las colas del hambre quedará para la historia.

Un descenso continuo que arrastra desde su retirada en 2011. Como otros boxeadores, el púgil aragonés no encontró su sitio en una sociedad que ya no le ve como el campeón mundial que fue. El caso de su compañero y amigo Perico Fernández se mantiene latente en su memoria por las similitudes evidentes. Las historias se repiten, y la de Perico no acabó precisamente bien. Es por ello por lo que López Bueno lucha ahora por comenzar a apoyar a los deportistas retirados, tanto en el aspecto laboral como en el psicológico.

A la pregunta de por qué vendería el cinturón, el púgil responde contundente: “Por necesidad. El dinero lo hace todo”. Y de su boca fluyen, de repente, frases tan sinceras como certeras: “Hay cosas que cara a la fachada no decimos, pero que al llevarlas dentro… Igual no es algo que haya que decir, pero he estado en la misma raya en la que estuvo Urtain, y éste saltó por un balcón. Igual sus familiares no saben por qué lo hizo, pero yo sé por qué saltó”.

Cree el exboxeador que hay que “mimar y cuidar a las personas que llegan a los máximos niveles, porque “algo de especial tienen”. Y lanza su último punch cuando la conversación comienza a expirar. “Cuando la gente se muere, unos van al cielo y otros al infierno. Pero ya nadie se acuerda de ellas. Yo iré al cielo o al infierno, pero me quedaré en la tierra. Porque cada vez que se busque la palabra boxeo en los libros saldrá mi nombre”.

López Bueno sigue ligado al boxeo, dando clases a alumnos que confían en su experiencia y talento para instruirse en el noble arte. “Ahora entrenamos en el embarcadero”, comenta José Antonio, mientras enseña algunos vídeos en los que, abrigado contra el cierzo de la ribera del Ebro, pone manoplas y lanza instrucciones. “Les doy las gracias, ellos me devuelven la chispa para seguir”, destaca con cariño del trato con sus alumnos.

“No tengo edad de viejo, pero me han dado muchos palos”, reflexiona el boxeador sobre su situación actual y sus posibilidades en el futuro. “He estado muy por debajo del ring, ahora por lo menos vuelvo a estar a la altura”, compara en una analogía pugilística sobre cómo, con la ayuda de Sofía, su pareja; vuelve a pensar en que puede salir hacia delante. Entrenamientos en internet o un nuevo proyecto, también relacionado con el boxeo, ayudan al excampeón a pensar en que algo positivo llegará.

José Antonio López Bueno recoge sus guantes y el cinturón de la WBO. Cierra la mochila. Recorre por penúltima vez -siempre habrá una más- con la mirada la lona y las esquinas del ring. Ya en las cuerdas y enfilando la escalera hacia el suelo se le escapa una frase casi inaudible: “Yo aquí he vivido”. Luces fuera.

Contando los días y algunas historias.

Cuando entré en la universidad me dijeron que los tres vicios que siempre acompañan al periodista son el café, el tabaco y el alcohol. El primero me sienta mal, el segundo me llevaría pronto a la muerte y del tercero mejor no hablar.

Sigo creyendo que el periodismo es el oficio más hermoso del mundo.