Alfredo Evangelista: una derrota y una vida

Normalmente, los deportistas viven ligados a una victoria. Alfredo Evangelista es quién es por una derrota. Aquella pelea contra Muhammad Ali justificó su carrera y una vida. Esta es su historia.

Dos gigantescas manos abren la puerta del gimnasio. Son las mismas que saludan a los ocupantes de la sala de máquinas y nos indican el camino hasta el final del pasillo. Estas manos, cuyos pulgares viven en un escorzo y cuyos nudillos tienen un color blanco reseco, no paran cuando entran en el territorio de su dueño. Esas manos ponen vendas, ajustan peras, abrochan guantes y agitan cuerdas. También tienen tiempo para el afecto: pocos abrazos y felicitaciones hay más sinceros que los que da Alfredo Evangelista.

“A mí me quiere todo el mundo”, repite ‘El Lince de Montevideo’, que ya se separa del último abrazo para correr hacia el ring. En un paso firme y ligero, envidiado por todo el que tenga sus mismos 64 años, Evangelista alcanza el hueco entre la segunda y la tercera cuerda y se cuela en el cuadrilátero. Está en casa.

Un par de gritos a su pupilo más adelantado, un par de ajustes a las manoplas, un par de instrucciones, un par de puñetazos. Alfredo mantiene la vista en su alumno y sostiene los golpes que éste lanza. El tronco erguido y los brazos amenazantes, aquellos que dominaron el boxeo europeo entre los 70 y los 80 se mueven al compás de unos pies que marcan un ritmo reconocible que ya nunca podrá olvidar. Un baile que une al Alfredo Evangelista jubilado con aquel que rozó la corona mundial. Terminado el entrenamiento, el veterano púgil vuelve al suelo de los mortales. “Ya ni me acuerdo de cuántas entrevistas he dado…”, confiesa mientras se sienta en un banco. El pausado discurso del más sabio de la tribu comienza.

Alfredo Evangelista gimnasio
Alfredo Evangelista entrena en el gimnasio Kyobox de Zaragoza

La dura infancia del boxeador

Nacido en Villa Española, en Montevideo, Alfredo Evangelista quiso ser futbolista cuando era pequeño. “En aquel tiempo Peñarol tenía muy buenos jugadores”, recuerda mientras asume, entre risas, que lo de la pelota nunca fue lo suyo. En aquel terreno familiar, donde vivía con hermanos, padres, primos y tíos, todos bajo las órdenes del abuelo italiano y de la abuela uruguaya, Alfredo creció y creció hasta ser el más grande en la familia y en la escuela: “Entre los amigos era ‘El Maestro’, porque por tamaño y por la túnica parecía el profesor de todos”.

Una familia pobre en la que no se comía todos los días de la semana. El bocado más repetido era el pan duro mojado en café. “Mi madre y mi abuela hacían unos guisos fantásticos con cuatro fideos, un pedazo de carne y algo de patata”, presume Evangelista, que recuerda con cariño que cuando había asado y vino en casa era por una celebración muy especial.

Trabajó desde pequeño cargando sacos y ayudando a la familia en las tareas del hogar. “Me acuerdo de comprar los bloques de hielo y picarlos. Esa era nuestra nevera. Cuando veo que hoy todos la tenemos llena…”, piensa el púgil nacionalizado español pero con la mente en Montevideo.

Habiendo desistido de su futuro en el balompié, el joven Alfredo encontró escape en otro deporte. “Con trece años, mi padre me puso unos trapos alrededor de la mano y me enseñó a hacer manoplas”, cuenta mientras acaricia esos nudillos que su padre, amante del boxeo, nunca pudo emplear por una malformación en la cadera. Unos años después, en 1971, vio en el televisor de un vecino el primer combate entre Muhammad Ali y Joe Frazier: “Me enamoré de Ali: un tipo de noventa kilos, que se movía, que sacaba las manos. Era increíble”. Y de ahí, a la gloria pugilística.

Las fronteras están para ser cruzadas

Su abuelo viajó desde Italia hasta Uruguay con su zapatería. El padre de Evangelista puso rumbo desde Montevideo hasta Estados Unidos: “Si no llego y no gano dinero, no me volveréis a ver”, le dijo a su familia justo antes de perderlos de vista durante décadas. Y Alfredo, tocado por la varita de los dioses que visten guantes, viajó hasta España de la mano de Kid Tunero. El púgil cubano actuaba como entrenador y encontró en Villa Española a un joven que arrasaba en el circuito amateur uruguayo con ganas de convertirse al profesionalismo.

“Llegué a Madrid un domingo de 1975. Pensaba que me habían engañado: no había nadie en la calle. El lunes descubrí lo que era Madrid”, comenta Evangelista sobre la capital española, su hogar durante toda su trayectoria deportiva. Dedicado en cuerpo y alma al boxeo, a entrenar y a combatir, el charrúa solo buscaba la pelea que le asentase en España. El 14 de mayo de 1976 le llegó la oportunidad: José Manuel Urtain.

“Quería bailar con la más fea”. Así resume Evangelista su victoria ante ‘El Morrosko’, la controvertida leyenda del boxeo español. Ganando al más grande, Alfredo se convertía en el icono del pugilato en el país y todas las puertas del mundo se abrieron. Un puñado de combates después (7 victorias, 1 derrota), cruzó la frontera más complicada: competir por el título de campeón mundial ante el mejor rival posible. Muhammad Ali le esperaba en Maryland.

 

Una noche, una derrota, una vida

Cuenta Alfredo que se concentró en Los Ángeles de San Rafael para la pelea más importante de su vida y que nunca se preparó tanto como aquella vez. “En aquellos tiempos no sabías nada del rival, así que me vi todos sus combates en Súper 8”, presume de un scouting primario que le sirvió para conocer, aún más, a su ídolo.

Coincidieron en el hotel antes de la rueda de prensa. “A mí nadie me conocía, ni Ali ni la prensa”, evoca Alfredo a su yo de 21 años, con el pelo largo y la cara de un joven entre la adolescencia y la madurez. El ansia por verle se calmó cuando apareció él: escoltado por su equipo y por la prensa, Muhammad Ali llegó al hall. “Alguien me señaló y le comentó que yo era su rival, porque él no sabía nada de mí. Entonces cambió la cara y puso esa expresión de loco”. En ese momento, a muchas horas del combate, la pelea ya había comenzado: “Clay -Alfredo se refiere al más grande con sus dos nombres- era muy listo, te ganaba desde antes”.

Cartel de la velada de Evangelista contra Ali. Fuente: Pinterest

En la rueda de prensa, un tímido Evangelista se esconde tras los micrófonos mientras que un veterano Muhammad Ali, acostumbrado a la parafernalia, disfrutaba del trámite. “El traductor me animó a que le dijera algo pero me daba vergüenza. Al final le dije que era un viejo”, se ríe Evangelista que admite que, aquella noche, aprendió una sola frase en inglés: “Ali me gritó muchas veces, amenazándome, I’ll destroy you”.

Alfredo Evangelista en el reconocimiento médico con Ali. Fuente: Zero grados

Todo con Ali era a lo grande y con Evangelista, humilde. El campeón llevaba a su séquito mientras el aspirante solo contaba con su círculo cercano, como se vio en el reconocimiento médico o en la previa del combate. Alfredo andaba tranquilo por el cuadrilátero mientras las cámaras se agolpaban en torno a un veterano Ali que lo miraba desafiante desde su esquina.

“Jugó conmigo seis asaltos. Luego le perdí el respeto”. La superioridad del más grande se vio durante todo el combate, pero el dominio en los primeros combates fue abrumador. “Me dijeron que no me fiara de él, que fingía estar cansado para contraatacar”, desgrana Evangelista sobre sus pensamientos en el ring. ¿Era Ali muy listo? “Demasiado…”, contesta con sorna el hombre que le aguantó quince períodos.

Fue en el número once cuando toda esta historia que contamos pudo cambiar. Durante tres minutos, Alfredo Evangelista arrinconó a Muhammad Ali. Por tres minutos, el uruguayo tuvo contra las cuerdas al mejor que nunca se calzó unos guantes. Los campeones se hacen sufriendo y Ali supo cómo hacerlo. Salvado el momento crítico, ya era muy tarde para cambiar las tornas. A los puntos, Muhammad Ali retuvo el cinturón de campeón mundial de los pesos pesados.

“Para mí y para el equipo fue como una victoria. Por eso lo celebramos”, cuenta con orgullo Evangelista sobre las imágenes en las que sale abrazado junto a su entrenador, su médico y su padre. “Veo a mi viejo ahí… Fue el mejor regalo de su vida”, explica emocionado y añade: “Mi padre no pudo llegar a Estados Unidos cuando se marchó. Llegó conmigo”. La sonrisa no cabe en su rostro al recordar la imagen de su padre abrazándole y besándole tras el combate: “No dejaba de darme las gracias. Había cumplido su sueño. ¿Tú sabes lo que es que tu viejo te diga eso?”.

Alfredo Evangelista vs Ali. | Imagen: Pinterest

El lento despertar del sueño

Las farolas se apagan y la calle queda a oscuras. Como una metáfora del brillo perdido tras la batalla con Ali. Alfredo nos guía hasta un bar cercano. Nunca un tubo de cerveza pareció tan pequeño como en las manos de un peso pesado.

Lo que vino después de pelear con el más grande de todos los tiempos es recordado en toda Europa. ‘La metralleta de Montevideo’ -otro de los apodos con los que llegó al viejo continente- dominó la máxima categoría del pugilismo, conquistando hasta seis títulos. Largas rachas de victorias, muchas de ellas por KO, y viajes que alternaron la carrera de Evangelista entre España, el centro de Europa y puntuales excursiones a Estados Unidos. “Si me hubiera quedado en América después de lo de Ali creo que habría llegado a más. Pero no me arrepiento”, puntualiza el uruguayo, orgulloso de su carrera profesional pero consciente de que podría haber sido mejor de no tener miedo en su juventud.

Antes de su dictadura particular en Europa tuvo una segunda oportunidad por el título mundial. Fue en 1978 y también ante uno de los mejores pesos pesados que jamás subió a un ring. Aquel Larry Holmes, en plenitud de condiciones, tuvo que defender su cinturón ante un diezmado Evangelista: “Una otitis que me duró casi veinte días no me dejó entrenar bien para el combate. En el séptimo, cuando me tiró, ya no me quise levantar”, confiesa Alfredo sobre su segunda pelea por el máximo galardón.

Una lucha, la que mantuvo con Holmes, a la que fue obligado por uno de los nombres más reconocidos -y temidos- del boxeo estadounidense: Don King. “Como ya habíamos cobrado parte del dinero, me dijo que si no peleaba contra Larry Holmes, nunca más competiría en Estados Unidos”, cuenta Evangelista sobre el promotor más famoso del país de las barras y las estrellas. “No tengo ninguna palabra mala contra él, siempre me trató bien. Hasta he dormido en su casa de Cleveland”, comenta el púgil hispano-uruguayo sobre su relación con King.

Tras un segundo fracaso por el título de la WBC, Alfredo volvió a España para dominar el país y hacerse el rey de Europa. Lo consiguió. Años de dominio deportivo y fama social en los que disfrutó como nunca y vivió para siempre: “No he sido más feliz que en mi etapa deportiva”.

Cáncer, cárcel y una persona normal

La retirada de Alfredo no le trajo muchas cosas buenas. “Me cansé del boxeo, de entrenar, de cuidar la dieta, de estar todo el día concentrado… Estaba hasta los huevos”, afirma Evangelista que se quitó los guantes a los 33 años, momento en el que muchos púgiles aún sueñan con llegar a la cima.

La bajada del ring supuso el inicio de una nueva vida. Conocido por todos, el uruguayo frecuentó la noche y descubrió un mundo nuevo para él. “Con dinero en el bolsillo, bien vestido… Todo la gente estaba metido en eso”, comenta sobre la vida nocturna y la relación con las drogas. Evangelista admite haber consumido y ver cómo las drogas, especialmente la cocaína, volaban por la España de las dos últimas décadas del pasado siglo.

El peor episodio de su vida llegó con la entrada en la cárcel. “Pagué el apellido y el ser quién soy”, se queja Alfredo, que estuvo cinco años en prisión condenado por tráfico de drogas. Su talante calmado y su buen comportamiento redujeron la condena, estipulada en ocho años, y le permitieron mantener buenas relaciones dentro de la cárcel: “Me llevé bien con todos, también con los funcionarios. Firmaba hasta autógrafos”.

De nuevo en libertad, Alfredo Evangelista alternó varios empleos, con los que recuperó su nivel de vida, y se trasladó a Zaragoza, donde ha conseguido reunir a toda su familia más cercana, su apoyo más importante contra el cáncer que superó hace años. Por su teléfono móvil desfilan fotografías de sus hijos y nietos, el mayor orgullo del excampeón; junto a las imágenes de sus momentos de gloria.

Presente y futuro mirando al pasado

Con la estabilidad que siempre había deseado, Evangelista se atrevió a volver al cuadrilátero. Como mentor de jóvenes, el uruguayo enseña lo mejor de su repertorio y aconseja, sustentando en su experiencia las lecciones, todo lo que un peleador necesita saber. “Hasta la pandemia, entrenaba a unos veinte chavales”, se lamenta ‘El lince de Montevideo’, que ahora tiene a cargo a una pequeña resistencia.

Fieles a un deporte que no pasa por su mejor momento y que incluso, para temor del propio Evangelista, puede desaparecer: “La televisión es todo, es lo que manda, y en España no echan veladas. Así es imposible”. Un deporte “noble y bonito” que no encuentra la tecla con la que atraer al público: “La gente ahora es más sádica. Les gusta las MMA, a mí no, porque se dan patadas, rodillazos, se tiran… Vale todo. “El boxeo es un arte”.

Y ocurre un momento que guardar para siempre. Sentado en la silla, Alfredo Evangelista, el mejor peso pesado de la historia de España, clava la mirada en un punto fijo que solo ve él y lo convierte en rival. La guardia en su sitio, con la izquierda delante y la derecha a la altura de la cara. Sentado en la silla, moviéndose lo que le permite su tronco, Evangelista empieza a lanzar manos al aire, a marcar distancia con el jab, a rematar con el directo de derecha y a esquivar puñetazos. “Pam. Pam. Pam. Y esquivar, y te ibas. Y vuelves”. Sin despegarse del asiento, Alfredo mantiene su particular lucha, siempre en defensa de su deporte.

Salimos del bar. Poco queda por saber de una de las mayores leyendas de la historia del boxeo hispano. Por si no quedaba claro, repite con su memoria prodigiosa aquello de “pelear por dos mundiales, seis veces campeón de Europa, pelear con cuatro campeones del mundo, luchar en Nueva York, en Detroit, en Las Vegas, en Atlantic City”, el mantra que acompaña siempre, el currículum que nadie debe nunca olvidar.

Aquellas manos que nos abrieron el gimnasio nos abrazan con fuerza. Las estrechamos. El último destino de esos pulgares desviados y de esos nudillos secos es la cara del propio Alfredo Evangelista. Se acaricia los morenos mofletes recién afeitados: “No parezco un boxeador. Tengo la cara perfecta”, bromea mientras recuerda a compañeros que cuentan por decenas los cortes y las heridas en su rostro. Los golpes a Alfredo, como a casi todos, se los dieron fuera del ring y los contuvo gracias a los suyos.

¿Cómo te gustaría que te recordara tu familia?

Como lo bueno que fui para ellos. Fui el que los sacó de la mierda.

Cuando entré en la universidad me dijeron que los tres vicios que siempre acompañan al periodista son el café, el tabaco y el alcohol. El primero me sienta mal, el segundo me llevaría pronto a la muerte y del tercero mejor no hablar.

Sigo creyendo que el periodismo es el oficio más hermoso del mundo.