Diego, no importa

Dios existe. Os lo dice un ateo. Las deidades no dejan de ser construcciones sociales. Formas de darle un sentido a aquello que no podemos, no queremos o no alcanzamos a explicarnos. Argentina es un país de poco más de dos siglos. Necesita relatos, mitos y, por qué no, Dioses. Argentina es Evita Perón, es Gardel. Es el sol que preside su bandera. Argentina son los asados, el mate, las barriadas y el tango. Pero, por encima de todo, Argentina es fútbol. Por eso, para un ateo como yo, Dios existe. Porque el Diego existió.

El Potro’ Rodrigo, cantante de cuarteto cordobés, y amigo personal de Maradona,  cantaba: “En una villa nació, fue deseo de Dios, crecer y sobrevivir…”Todo empezó en Villa Fiorito, donde solo importaba sobrevivir. Una casa pequeña, compartida con sus  siete hermanas y hermanos y sus dos padres, Doña Tota y Don Diego. Una pareja tan  humilde que no adquirió la distinción de “doña” y “don” hasta que su hijo pasó a ser el  Diego. Humilde es un término curioso. Lo engloba todo, desde los barrios de la falsa clase  media hasta las chabolas en las que conviven tres generaciones de la misma familia, en un ejercicio aporofóbico que define muy bien nuestra sociedad. Ya saben, ese miedo a  que los pobres asciendan socialmente, porque son perfectos conocedores de la realidad. Y los Maradona no dejaban de ser una de tantas familias humildes

La vida de Diego Maradona estuvo rodeada de un aura místico desde que se calzó las botas por primera vez. Con solo 19 años dio una buena muestra de ello. El ‘Loco’  Gatti, portero de Boca Juniors, afirmó en una previa que le preocupaba la tendencia a  engordar de Diego, entonces en Argentinos Juniors. No era más que un “gordito”, según  transcribió la prensa. Maradona, cuando se enteró, no le dio demasiada importancia: “Le marcaré cuatro goles”, confesó a sus más cercanos. Días más tarde, Argentinos Juniors  venció a Boca 5-3, con cuatro del Diego. Y ahí se acabó la disputa. Talento, insolencia y mucho carisma. Tres aptitudes que le acompañarían durante toda su vida. 

Los 80 fueron una década fundamental para Maradona y el pueblo argentino. En 1982, la guerra de las Malvinas marcó a toda una generación. La rendición argentina llegó un día después de caer eliminados en España frente a Bélgica. Un Mundial en el que se tenían puestas muchas esperanzas, más allá de lo futbolístico, pues cualquier distracción era buena para olvidar por un momento lo que estaba sucediendo en el sur del país. Sin  embargo, entre el 13 y el 14 de junio de 1982, Argentina perdió dos veces. Juan  Sasturain, en La patria transpirada. Argentina en los mundiales (1930-2010), califica ese  período como un “invierno a pleno sol” que les “partió la cabeza”. Un mundial que apenas  es revisado por los dolorosos recuerdos que evoca en el pueblo argentino. Cuatro años después, en México, Argentina tendría su oportunidad de revancha. Los cuartos de final emparejaron a la selección entrenada por Bilardo con Inglaterra. Las relaciones diplomáticas entre ambos países estaban rotas desde el conflicto del 82, y así seguirían hasta 1990, quién sabe si por la gracia de Dios.

Diego Maradona, con la selección argentina. Imagen: Twitter @MaradonaPics

De aquel partido disputado en el Azteca se ha escrito todo. Argentina derrotó a Inglaterra con un doblete de Maradona que sirvió de venganza. Una forma de devolverle el golpe a un país que los había hecho sufrir hace no tanto. Un gol tramposo, además, que les permitía soltar esa rabia contenida y, en cierto modo, devolverles la  jugarreta. ‘La mano de Dios’ abrió el camino. Minutos después, una jugada antológica, para muchos el mejor gol de todos los tiempos, sentenció el partido. Una cabalgada de  50 metros de un potro con las medias bajadas, el pantalón remangado y la camiseta  manchada, que iba sorteando rivales experimentados como si fueran juveniles. El único fin que tenía el Diego cuando recibió en el centro del campo era dejar el balón  dentro de la portería inglesa. Y, por la derecha, arrancó el genio del fútbol mundial.

Esos goles inexplicables para los simples mortales son los que elevaron a Maradona a la  categoría de Dios. El fútbol, al igual que las deidades, tiene un altísimo componente sociológico. Argentina puede ser muchas cosas. Pero, desde 1986, Argentina es del  Diego. Maradona refundó el país. Dios existe, y os lo dice un ateo.

Chi ama non dimentica

Diego dio el salto a Europa en 1982. Tras un año en Boca, en el que salió campeón, firmó por el FC Barcelona. Dos años en los que dejó maravillas, una grave lesión, y en  los que empezó a coquetear con las drogas. Clave en su devenir fue la grave lesión sufrida  por una brutal entrada de Goikoetxea, jugador del Athletic de Bilbao. Un año más tarde, en 1984, ambos volvían a verse las caras en la final de Copa. El partido, que acabó con  victoria del Athletic por 1-0, fue de todo menos un amistoso. Tras el pitido final, una  brutal tangana entre ambos equipos, en la que Maradona fue protagonista, acabó con el  10 sancionado tres meses por la Federación Española de Fútbol. El argentino, que se sentía perseguido y desprotegido, pidió salir de Can Barça. Nápoles apareció como un oasis en medio del desierto.

La Società Sportiva Napoli no era un club grande. En 1984, un año antes de la  llegada de Maradona, habían salvado la categoría por un punto. El sur de Italia, sobre todo la región de Campania, estaba empobrecido y muy castigado por el excesivo poder de la mafia. Una ciudad, Nápoles, que era el centro económico de un imperio que iba mucho más allá de las drogas. El  Diego dio esperanza a una ciudad demasiado castigada. Tras una primera temporada irregular, en la que acabó convirtiendo 14 goles, el Napoli comenzó a optar a cotas mayores. En la 85/86, su segunda temporada, hizo once goles y el equipo de San Paolo  logró una meritoria tercera plaza que daba acceso a la Copa de la UEFA.  

En Nápoles, Maradona se consagró como jugador. Imagen: Twitter @ArchivoFutbolAR

1986 fue el año en el que Diego se elevó a los altares. Tras volver de México como campeón del mundo, se consagró en el fútbol italiano tras ganar un histórico doblete. La SS Napoli ganó tanto la Coppa como el primer Scudetto de la historia del club. San Paolo era una fiesta. El sur, siempre despreciado, había derrotado a los poderosos del norte.  La eterna historia de David contra Goliat. Solo que esta vez la onda tenía nombre y  apellidos: Diego Armando Maradona. 

Martín Caparrós, en Boquita, decía que, sin la televisión, Maradona solo sería un “mito  sin imagen”, “un cuento que nos habrían contado”. Imágenes que las generaciones  posteriores pueden sumar al ideario colectivo ya existente sobre la figura del crack  argentino. Todo confluyó para que el mito fuera eterno: desde las guerras hasta los conflictos sociales, pasando por la comercialización de un invento, la televisión, que había cambiado la forma de ver y entender el fútbol y la vida. Todo ello unido en un  lapso de tiempo en el que el Diego existió, en el que el Diego hizo justicia, entendiendo esta última como poética, algo que va más allá de leyes y diplomacia. 

La etapa de Maradona en Nápoles  también estuvo marcada por lo extradeportivo. Mítica es la foto en la  bañera en forma de concha de Luigi Giuliano, uno de los boss de la camorra napolitana. El ‘10’ vivía en una ciudad en la que se le permitía todo. Era la estrella que rechazaba ir a jugar al norte, donde posiblemente ganaría más dinero y optaría a más títulos. Pero su  sitio no era ese, su idiosincrasia le obligaba a permanecer en el sur. Manu Chao lo  tenía claro: “Si yo fuera Maradona, viviría como él”. En Nápoles, todavía lo tienen más  claro: aquel gordito les cambió la vida. Y, en el sur, chi ama non dimentica (quién ama no olvida). 

La voz de los sin voz

Su vida política fue igual o más controvertida que toda lo demás. Al fin y al cabo, era la voz de los sin voz, como él mismo decía. Su marcado carácter izquierdista le acompañó durante toda su vida. En algunos casos de forma explícita, como demostraban sus tatuajes del Che y de Fidel Castro. Tampoco escondió nunca su apoyo al chavismo o a los Kichner, además de sus feroces críticas al  Papa Juan Pablo II y a los lujos de la Santa Sede. Un ferviente creyente como él no podía  entender cómo se podía ser tan “hijo de puta”, en referencia al Papa, de tener “salones  con techos de oro” y luego ir “a besar a niños pobres”. Ese carácter estaba marcado,  sin lugar a dudas, por el clasismo que padeció y registró durante toda su vida, desde Villa Fiorito hasta el sur de Italia. 

Diego Armando Maradona fue mucho más que un futbolista. La televisión, ese magnífico invento del que hablaba Martín Caparrós, ha monopolizado la forma de ver y  enaltecer el fútbol a otra dimensión. Leo Messi es más que su digno sucesor, y no se concibe que haya habido otro mejor que él. Pero el Diego era otra cosa, era la voz de  los sin voz, la voz de los muertos en las Malvinas, la voz de los renegados por el norte de Italia. Era, con todas sus contradicciones, la voz del pueblo. Y esas contradicciones le acompañaron hasta el final.

Maradona se fue el pasado 25 de noviembre. Sus últimos meses no  habían sido buenos. Aceptó el cargo de entrenador de Gimnasia y Esgrima, un club de La  Plata que disputa la Superliga argentina. Y, al igual que el resto de su vida, su último  partido también estuvo rodeado de un aura especial. El 8 de marzo de 2020 el mundo desconocía la dimensión real de lo que se avecinaba. En La Bombonera, ese estadio que tantas veces había aclamado al ‘10’, se enfrentaban Boca Juniors y Gimnasia, el club de Maradona. Los xeneizes necesitaban una carambola para salir campeones: además de ganar, necesitaban que River Plate no hiciera lo propio en Tucumán. En este contexto, el equipo del Diego se presentaba en La Boca como invitado de lujo. 

Diego Armando Maradona, en su etapa en Argentinos Juniors. Imagen: Twitter @nostalgiafutbo1

Por azar, destino, o como quieran llamarlo, se dieron las condiciones para que Boca  saliese campeón. El homenaje a Maradona se produjo antes del partido, pero sin duda se ratificó durante el mismo. El choque tuvo un espectador de lujo en el palco: Juan Román Riquelme, recién elegido por los socios como directivo de Boca Juniors. El mismo Riquelme que, en 1997, había sustituido a Diego en su último partido oficial. Para  más inri, el gol que valió el campeonato lo marcó Carlitos Tévez. El ‘Apache’ era uno de tantos niños que soñaba en las calles argentinas con ser Maradona. Un tipo que volvió al club de su vida, en el que es ídolo, a vivir sus últimos días en el fútbol, tras una exitosa carrera en Europa en clubes como el Manchester United, el Manchester City o la Juventus de Turín. 

Se podría decir que el verdadero final de Diego Armando Maradona llegó ese 8 de marzo. Con Román en el palco, Carlitos en la cancha, y él en el banco rival. Apenas unos meses después de ese partido, el último hasta el día de hoy con público en las gradas,  no pudo sortear la última entrada que la vida puso en su camino. Su final llegó el mismo día, cuatro años después, de la muerte de su amigo Fidel Castro. Así era el Diego. Místico hasta el final. Carismático para siempre. Como dicen los que tuvieron la suerte de disfrutarlo: “Diego, te lo perdonamos todo. No importa que hiciste con tu vida. Importa lo que hiciste con las nuestras”. 

Periodismo en UNIZAR. BOX TO BOX Premier. Zaragocista, por suerte o por desgracia. A veces escribo sobre las penas del fútbol, que son muchas. y siendo zaragocista, más