"Fútbol y fascismo":
Poder y control en el siglo XX por medio de un balón

Veintidós personas, dos porterías y un balón. Así empezó el fútbol; sin aficionados, sin rivalidades, sin significado. Un simple juego, como las cartas. Después llegaron las multitudes, el dinero, el poder. Y allá donde hay poder, hay política.

Selección de Inglaterra realiza saludo en Berlín. Partido contra Alemania en 1938. Fuente: Pinterest

El fútbol entre los fasces

Cristóbal Villalobos nos lleva, a través de su libro Fútbol y fascismo, primero a la Italia de Mussolini. El 31 de octubre de 1922, mientras Europa intentaba levantarse de la Primera Guerra Mundial, más de 50.000 camisas negras celebraban en Roma el principio de una nueva caída del viejo continente; el fascismo había llegado al poder llevándose por delante identidad y libertad a cambio de control y populismo. ¿Y qué hay más popular que el fútbol? “El fascismo nacionalizaba cualquier actividad diaria para obtener el consenso de la población en torno a los ideales del régimen”, escribe Villalobos. Mussolini vio en la popularidad del fútbol una llave para llegar a la población y, a la vez, para mantenerla distraída; pan y circo, como suele decirse.

Cartel del Mundial de Italia de 1934. Fuente: Pinterest

En 1930 se planteó la idea de celebrar la primera Copa Mundial de Fútbol. El Duce fantaseaba imaginando a miles de gargantas italianas desgarrarse animando a su equipo, la imagen de toda Italia celebrando la victoria frente al mundo. Así que intentó a toda costa convertir a Italia en la sede de un Mundial, pero no lo consiguió a la primera. Tuvo que esperar a 1934 para que su deseo se hiciera realidad. Italia fue sede y campeona del Mundial con una selección repleta de sudamericanos nacionalizados, con mucha ayuda arbitral y con alguna que otra amenaza por parte de Mussolini.

El Duce quiso dar a conocer su poderío a nivel internacional a través, no solo del fútbol, sino del deporte en general. La Azzurra consiguió ganar también el Mundial de 1938 después de la segunda posición de los italianos en el medallero en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles de 1936, solo superados por Estados Unidos.

La propaganda nazi

La exitosa imagen de los transalpinos llamó la atención de Hitler, quien invirtió un gran esfuerzo en dar una imagen poderosa de cara al exterior. Los nazis, expertos en propaganda, se centraron también en el fútbol como fenómeno de masas, pero la estrategia propagandística más exitosa fue la celebración de los Juegos de Berlín en 1936.

Multitud realiza el saludo nazi en el Olympiastadion de Berlín en los Juegos de 1936. Fuente: Pinterest

En medio de un clima tan tenso, la propuesta como sede de la capital de la Alemania nazi no gustó a la mayoría, pero la insistencia de Hitler y la voluntad de no comenzar otra guerra llevaron a su concesión. No solo se permitió al nazismo dar una imagen de unión y normalidad internacionalmente y se ensalzó la figura del Führer por parte de los países competidores, sino que, para más inri, Alemania quedó primera en el medallero. Sin embargo, lo que pasó a la historia fue la figura de Jesse Owens como el atleta negro que triunfó delante del nazismo, consiguiendo cuatro medallas de oro para Estados Unidos.

El embajador perfecto del franquismo

Siguiendo también el ejemplo del fascismo y el nazismo, Franco utilizó el deporte para engrandecer la imagen de España. Ante la falta de efectivos en el resto de las disciplinas, que podían contarse con los dedos de una mano, el caudillo tuvo una especial fijación en el fútbol. Al igual que Mussolini y Hitler, el Caudillo usó a la selección como imagen del país y convirtió los encuentros deportivos en guerras ideológicas. Así pues, se disputó un amistoso contra Alemania en el que se vendió a ambas selecciones como aliadas en contra del comunismo; mientras que, en un enfrentamiento en fase de grupos contra Inglaterra en el Mundial de 1950, la victoria española supuso poco menos que una venganza por la batalla de Trafalgar.

El colofón llegó en 1964. Como habían hecho los regímenes de Italia y Alemania, España se lanzó a organizar la segunda edición de la Copa de Naciones de Europa. Tras superar a Hungría en la semifinal, se plantó en la final contra la Unión Soviética. El partido tenía un trasfondo aún más significativo del aparente.

Cuatro años atrás, en la clasificación para la primera edición del mismo torneo, se dio el mismo encuentro. España contaba con una selección de ensueño: Di Stéfano, Luis Suárez, Kubala, Gento o Ramallets eran algunas de las figuras con más renombre. Sin embargo, la situación era muy tensa, dado que ambos países no habían retomado relaciones diplomáticas después de la Guerra Civil. La URSS se negó a jugar en terreno franquista, por lo que propuso un campo neutral, pero Franco declinó la oferta ante la posibilidad de perder contra un régimen comunista, por lo que España quedó eliminada.

Pero en 1964, el Caudillo se quitó la espina clavada al ganar la final de la Copa de Naciones de Europa con el Bernabéu lleno de españoles celebrando la derrota del equipo comunista.

Once de la selección española en la final de la Copa de Naciones de Europa de 1964. Fuente: Pinterest

Franco se aprovechó también de los años de oro del Real Madrid, convirtiendo al equipo en un embajador de España y en un estandarte del franquismo. Santiago Bernabéu, histórico presidente del club blanco, hizo dos excelentes gestiones sumándose al proyecto de la Copa de Europa y fichando a Di Stéfano. El resto es historia; las copas de las cinco primeras ediciones del torneo descansan en las vitrinas del Bernabéu. El éxito y la fama europea le valió al club para ganarse la simpatía de Franco y el odio del resto de España.

La postura de Salazar

Sin embargo, mientras Franco se regodeaba de los éxitos del Madrid y de la selección en Europa, Salazar no daba la menor importancia a los éxitos del Benfica de Eusébio y no utilizó su imagen para representar a Portugal. “El fútbol fue utilizado por el Gobierno salazarista como agente de desmovilización”, explica Villalobos. Sin embargo, Salazar no permitió que Eusébio fichara por un equipo extranjero, porque entendía su importancia para la gente y para aprovecharse de su imagen como “hombre de familia íntegro que se había superado a sí mismo y que desde la pobreza de su localidad natal había alcanzado la gloria”.

Las dictaduras latinoamericanas

Los totalitarismos utilizaron el fútbol también al otro lado del Atlántico. En Brasil, según cuenta Villalobos, el éxito de la Canarinha en México en 1970 “se convirtió en un amplio paraguas balompédico para ocultar los crímenes contra la humanidad que se estaban cometiendo en ese país”. El dictador Emilio Médici se ganó el favor de Pelé, quien viajó como embajador del régimen.

Pelé levanta el trofeo del Mundial de 1970 junto al dictador brasileño Emilio Garrastazu Médici. Fuente: Pinterest

En Argentina, el dictador Videla ocurrió algo muy parecido a España. Allí se organizó el Mundial de 1978 con la polémica victoria de la Albiceleste. Y si antes he mencionado el significado de la victoria española ante Inglaterra, es imposible no pensar en la victoria argentina ante los ingleses en los cuartos de final del Mundial de 1986, después de la guerra de las Malvinas. El partido que consagró a Maradona como un mito y encaminó a Argentina hacia el título.

La repercusión del fútbol es tan grande que puede ser usado como herramienta de atracción de masas. Lo que pasa en el fútbol se refleja en la calle, porque cada equipo es una imagen que representa a quien tiene un sentimiento de pertenencia a él y todo club o selección acaba atado a un concepto, unos ideales, un significado. Al final el fútbol sí que es como las cartas, pero hay quien se guarda un as bajo la manga.

Olímpico por tradición familiar, no por méritos propios, y enamorado del deporte (lástima que no sea recíproco). El creador me dio un ingenio que no suelo malgastar en cosas interesantes y una enfermedad por consultar el diccionario constantemente, por eso me gusta tanto escrivir.

Piensa que, después de esto, el nivel solo puede ir en aumento.