Canelo Álvarez, J Balvin y la eterna derrota del campeón

Canelo Álvarez hizo aquello a lo que le obligaron. Noqueó a Yildirim, que no fue más que un sparring, y preparó su camino hacia la unificación del campeonato mundial del súper medio. El dominio, esta vez, se vino en su contra: nadie valoró, ni en la prensa ni en las redes, la nueva hazaña del boxeador mexicano.

Vencedor y vencido antes de comenzar

Aquellas cámaras en el vestuario mostraron todo lo que significaba el combate. En un lado, Saúl Álvarez esperaba pacientemente, entre silbidos y fotografías con famosos, la llegada del primer campanazo. En el otro, Avni Yildirim, paseaba en círculos mientras apretaba sus guantes y peleaba con su chaqueta. La tranquilidad del que se sabe ganador y los nervios del que no sabe ni lo que hace allí.

La misma realización que mostró su temor en la sala previa se encargó de mostrarle solo en su paseo al ring. Una escenografía de amateur no ocultó las dudas que se escondían detrás de ese movimiento de manos y de esa cara de duro. Llegó Yildirim al ring, recibió una lluvia de silbidos – había poco público y nadie iba con el turco – y le tocó esperar la salida de Álvarez. Como el que va al dentista y le dejan repasando revistas de años pasados: una agonía larga para un dolor seguro.

Las luces se fueron y de la pequeña puerta surgieron dos decenas de bailarines y J Balvin, micrófono en mano. El improvisado concierto del reguetonero colombiano duró canción y media, dejando al aspirante solo en el cuadrilátero. Cada vez era más patente que Yildirim era necesario, pero no protagonista. Se cansó Balvin de saltar por el escenario, sonaron los acordes de Mi gente y anunció que el campeón ya estaba allí.

Salió Canelo, el cantante le abrazó y juntos fueron hasta el ring, en un paseo propio de Instagram con Balvin desafiando a la cámara con puños de película y con Álvarez manteniendo el gesto serio, deseoso de acabar con el trámite. 

Crónica de un KO anunciado

Juntos entre las dieciséis cuerdas, los boxeadores se unieron al árbitro para el repaso típico de las normas antes de comenzar. Iba con tanto miedo Yildirim que hasta el choque de guantes con Canelo Álvarez fue leve. 

Campana inicial y primer encuentro en el centro del cuadrilátero. Encerró el turco su cabeza entre la guardia, convirtiendo su desentrenado cuerpo en un saco de gimnasio. Pagó los dos años de inactividad desde que la pelea dio comienzo. Marcó Canelo el tiempo entrenando la izquierda: estableció su jab, machacó el costado con el gancho y se atrevió a golpear duro con el upper. Combinaba rápido y fuerte el jalisciense mientras el otomano se movía poco y recibía mucho. Una ligera advertencia del árbitro a Álvarez y un par de manos sueltas de Yildirim fueron los únicos segundos en los que el aspirante pudo respirar.

Saúl Álvarez comenzó el segundo subiendo el nivel de violencia e intensificando el ritmo de la acción. Amagos y movimiento de pies fueron la coreografía que acompañaba al impacto continúo al costado derecho de Avni Yildirim, que cogía el color rojo de sus guantes. Los golpes con el puño diestro, el dominante de Canelo, fueron el penúltimo escaño hacia la victoria. Con el mexicano conectando directos, el fin del combate se acercaba.

Yildirim fue un saco de boxeo para Canelo| Imagen: @matchroomboxing

Sonó la campana de final del segundo. Boxeadores a sus esquinas. Eddy Reynoso, que transforma peleadores en campeones mundiales a la misma velocidad que pone la vaselina, exigía a su luchador mantener la concentración y golpear buscando el final. Mientras, Joel Díaz se movía junto a Yildirim más que el turco en la pelea. Tenía más ganas de seguir el entrenador que el aspirante, que solo quería dejar de sufrir.

Salieron al tercero y Canelo pegó para ganar. Una combinación de jab de izquierda y directo de derecha mandó a la lona a Yildirim. El turco se levantó a toda prisa y miró a su esquina como el niño que mira a la madre cuando no sabe resolver la tarea. Dos minutos de acoso y derribo de Saúl Álvarez fueron suficientes.

Terminó el tercero y el cuarto nunca comenzó. Joel Díaz protegió a su pupilo y le evitó una segura masacre. Reynoso celebró con el suyo una nueva victoria, y ya van 55, pensando más en lo que se viene que en lo que era aquella noche.

Poco que celebrar y mucho que discutir

Volvió J Balvin al ring y consiguió más minutos de televisión que el pobre Yildirim, que ya bajaba del cuadrilátero rumbo al vestuario y deseando que nunca nadie le hable de su noche fatídica. Le devolvieron los cinturones a Canelo, posó con todo su equipo, reguetonero incluido, y arrancó la entrevista que todos esperaban. Hearn le felicitó, el periodista esperó su turno y Álvarez mantuvo la guardia, sabedor de que podía perder más con las respuestas que con los puños.

Julio César Chávez sigue siendo el mejor mexicano de la historia, pero Canelo reclama su hueco. | Imagen: El Fildeo

Más de una decena de veces mencionó Saúl Álvarez la palabra historia. Que si entrar en, que si ser parte de, que si ser el mejor de. Canelo repitió tanto aquello de ser histórico que el público dudaba de si aquello era un espectáculo deportivo o una ponencia en un museo. Habló, sin nombrarlo, de Julio César Chávez; comentó, sin ofenderlo, el bajo nivel de Yildirim; y confirmó, sin ocultarlo, que su objetivo es la supremacía en el súper medio. Reclamó a Billy Joe Saunders y Eddie Hearn le dijo que ya tenían cita para mayo. Abandonó Álvarez el ring, gritando a los cuatro vientos que le habían obligado a la defensa y amenazando con ser el primer latino de la historia – como no – en ser dictador de un peso.

De poco o nada le servirá a Canelo coleccionar victorias si lo hace con tanta suficiencia. Se lee en todos los lados que sus rivales nunca vistieron guantes, jamás hicieron manoplas o que ya se olvidaron de boxear. El dominio de Álvarez es su propia perdición. Dentro de dos meses, ante un campeón mundial, tendrá que volver a demostrar aquello que le ha hecho ser el mejor boxeador de los últimos años y le ha condenado a la inacabable crítica. Preparen sus televisores para el espectáculo y las redes sociales para los sinsentidos. Un mexicano pelirrojo les espera.

Cuando entré en la universidad me dijeron que los tres vicios que siempre acompañan al periodista son el café, el tabaco y el alcohol. El primero me sienta mal, el segundo me llevaría pronto a la muerte y del tercero mejor no hablar.

Sigo creyendo que el periodismo es el oficio más hermoso del mundo.