Las mujeres sí estamos a la altura

Pantalones cortos, camiseta de tirantes, calcetines altos y unas buenas botas. Súmale un esparadrapo para juntar dos dedos o una rodillera y tienes a cualquier jugador de baloncesto, pero al imaginártelo… ¿Has pensado en un hombre o en una mujer?

Ser mujer en un mundo de hombres nunca es fácil en ningún ámbito y el deporte no es una excepción ni mucho menos. Y ya no es una cuestión de machismos intrínsecos o superioridad del género masculino en cuanto a fuerza, destreza y valentía, sino que es lo que nos inculca la sociedad desde que somos unas niñas.

¿Por qué tengo que hacer gimnasia rítmica o patinaje artístico por el hecho de ser una chica? ¿Por qué si me gusta el boxeo o el fútbol se me va a clasificar de “marimacho”? Cuando tenía 7 años a mi madre le entró en la cabeza que tenía que acompañar mi apariencia de princesita Disney con mazos, cintas y volteretas, pero (¡sorpresa!) no funcionó. No aguanté ni un año.

En mi caso desde que tengo uso de razón he querido jugar al baloncesto. Un deporte que me ha dado tantas cosas positivas que casi no recuerdo ni las negativas. Es cierto que el mundo del baloncesto no es ni mucho menos el del fútbol en cuestión de desigualdad, pero también tiene sus distancias de ser el deporte igualitario por excelencia.

Imagen: Alicia García

Nunca cambiaría todos los años que he pasado jugando a este deporte. Divirtiéndome, conociendo gente maravillosa, aprendiendo y lo más importante de todo, creciendo hasta llegar a ser la mujer que soy hoy en día. Un deporte como el baloncesto te enseña lo que es el compañerismo, la valía, la constancia, el sacrificio, la competitividad y en mi caso, por ejemplo, la importancia del control personal.

La natación y el baloncesto han sido los dos grandes deportes de mi vida –que no es que sea demasiada por ahora–  y si me tengo que decantar por uno no lo dudaría. En el caso de la natación en mis recuerdos sí que hay algún que otro nubarrón negro. El individualismo marca la diferencia y la presión constante por superar ciertas marcas supone un estrés que no es justo ni necesario. Con el baloncesto también tuve momentos de presión, esfuerzo e incluso decepción, pero nada que no puedan suplir unas compañeras a las que llamaba hermanas.

Nunca he tenido ningún problema a la hora de practicar un deporte y ser mujer. Lo cierto es que en mi experiencia no he encontrado esa desigualdad o menosprecio por parte de árbitros, entrenadores e incluso compañeros de club.

Imagen: Alicia García

Baloncesto femenino, equiparación y futuro

Pero es cierto que cuando eres una jugadora de baloncesto “intensa”, vamos a llamarlo, el público –y más en concreto los padres– habla sin pensar. En el campo me han llamado desde guarra o puta hasta decirme que me esperaban a la salida para partirme la cara (recordemos que son comentarios de padres a una cría de 12 o 13 años). Llega un punto que haces oídos sordos y te preocupas por lo que de verdad te importa: jugar y disfrutar.

Pasados ya unos años sí que es verdad que me doy cuenta de algunas cosas que antes no veía. En los más de diez años que jugué al baloncesto solo tuve una entrenadora mujer y los árbitros eran casi siempre hombres. La mejor cancha para entrenar y jugar siempre la tenía el equipo masculino. Y mis referentes y jugadores favoritos, cómo no, también eran hombres (siempre team Ricky Rubio).

En mi opinión, la solución no es hacer en el baloncesto o en cualquier otro deporte una criba masculina, sino equiparar y mostrar que la mujer es tan apta para jugar, entrenar y arbitrar como lo podría ser cualquier hombre. Dentro de unos años si tengo una hija me gustaría que decidiese libremente y sin ningún prejuicio qué deporte quiere hacer. Que tenga ídolos y que sean tanto hombres como mujeres. Y me encantaría que pudiese pensar en ello como una carrera profesional con una remuneración equitativa a la de un hombre, y no solo como un hobby por el simple hecho de ser mujer.

Fundadora de Malhabladas.

Conservadora pero no mucho. Una de mis pasiones es hablar y si es de sexo o política, mejor. He introducido a todas mis amigas en el mundillo del Tinder.