Adriano Leite: PES y una depresión

Hubo un Adriano Leite en el Pro Evolution Soccer y otro en la vida real. 'El Emperador' perdió su trono sumido en la depresión por la muerte de su padre.

Ejercicio de nostalgia. Año 2006. Enciendes la Play Station 2. Deseas con todas tus fuerzas que reconozca la tarjeta de memoria y el disco del juego. La televisión suena, diciendo que sí, que hoy toca jugar. La pantalla se carga y un menú dorado brillante te despliega los archiconocidos modos de juego de Pro Evolution Soccer.

Partido rápido. Tu equipo, el Inter de Milán. El rival, cualquiera, ganas seguro. Un par de retoques a la alineación y el ‘10’ nerazzurri cerca de la portería rival. Comienza el partido. El balón le cae a la silueta negra, corpulenta, que comanda el ataque del Inter. Dos regates, un sprint y la pelota sale disparada a una velocidad que ni tu vista ni la del portero hecho píxeles alcanza a ver. Gol por la escuadra. Y así, hasta el infinito.

Un debut, conocer Italia y ser adulto

Si se lo preguntan a Adriano Leite Ribeiro, seguramente responderá que siempre le habría gustado ser el jugador que fue en las videoconsolas. Aterrizó en Milán en 2001 y ese agosto marcó en su debut con el Inter. Era el Trofeo Santiago Bernabéu. En el minuto 89, el aspirante a emperador reventó, de falta directa, el balón colocado a menos de un metro de la línea del área. En un misil tierra-aire, la pelota subió aquellos 16 metros en menos de un segundo, tocó el larguero y descansó en la red. Con 19 años, el mundo ya conocía a Adriano.

Pero una cosa es la pretemporada y otra, muy diferente, la competición. Milán era demasiado para un adolescente y la directiva decidió que pasase un tiempo lejos de la ciudad de la moda. Fiorentina y Parma acogieron durante un breve período a un jugador llamado a marcar la diferencia y a devolver a la Serie A el brillo perdido con el cambio de siglo. La última temporada en el Parma, con 26 goles en 44 partidos, le valieron para coger el billete de vuelta al Giuseppe Meazza.

Inter de Milán: lo que pudo haber sido

Delantero brasileño, corpulento, potente y veloz. La única diferencia sobre el papel con Ronaldo era la pierna dominante: O Fenômeno marcaba con la derecha, El Emperador la rompía con la izquierda. Todo parecía preparado para que Adriano, como hiciese el líder romano, dominase con fuerza en Italia y consiguiese la conquista de Europa. Todo bien, hasta que llegó una llamada. 

Agosto de 2004. Tres años después de su primer debut con el Inter. Desde Brasil le informan a Adriano que su padre, su gran referencia y el hombre capaz de mantenerle a raya, había muerto. El mundo se le cae encima. Solo, en Italia, con toda una carrera por delante y con ninguna fuerza para llevarla a cabo.

Por un momento, Adriano fue el jugador más temido del planeta. | Imagen: Pinterest

Pese a ello, el delantero se recompuso hasta convertirse en ese jugador por el que pelearse en los videojuegos. Temporadas de más de 20 goles, un par de ligas italianas, otros dos títulos de copa, tres supercopas. El palmarés crecía y el prestigio se mantenía. Por fuera, éxito; por dentro, una espiral autodestructiva. Alcohol a raudales, fiestas, conflictos con la policía y coqueteos con las drogas terminaron con Adriano, en 2008, con solo 26 años, de vuelta a Brasil.

La eterna agonía de 'El Emperador'

Un retorno nada fructífero al Inter y una temporada fácilmente olvidable en Roma fueron sus últimas aventuras europeas. Sao Paulo, Flamengo, Corinthians o Ahtletico Paranaense acogieron a un futbolista casi retirado que peleaba más consigo mismo en casa que por su equipo en el estadio. El último toque exótico, Miami United, fue el epílogo de un delantero que se retiraba con 35 años siendo la sombra deprimida de lo que un día fue.

Adriano Leite, El Emperador, vive desde su retirada en las favelas de Río de Janeiro. El primer gran futbolista del siglo XXI que admitió sufrir de depresión y condenó su futuro por ella pasa los días en algunos de los barrios más peligrosos de Brasil. El fútbol ya es cosa del pasado. Sus goles, sus regates y sus brazos abiertos en la celebración descansan en nuestra cabeza.

A Rick y a Ilsa, en Casablanca, les quedó para siempre París. A nosotros, con Adriano, aquellas tardes del Pro Evolution Soccer 6.

Cuando entré en la universidad me dijeron que los tres vicios que siempre acompañan al periodista son el café, el tabaco y el alcohol. El primero me sienta mal, el segundo me llevaría pronto a la muerte y del tercero mejor no hablar.

Sigo creyendo que el periodismo es el oficio más hermoso del mundo.